Ante la bandera

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Por aquí —pienso— se escapan los vapores, o mas bien la humareda que nos ha indicado el islote a una distancia de tres o cuatro millas.

Y en el mismo instante una serie de reflexiones atraviesa mi cerebro.

Back-Cup no es, pues, un volcán, como se ha pensado, como yo mismo he creído. Los vapores, las llamas que hace años se notaron, eran artificiales. Los ruidos que espantaron a los pescadores bermudanos no tenían por causa una lucha de fuerzas subterráneas. Estos diversos fenómenos eran fingidos. Se manifestaban por la voluntad del dueño de este islote, que quería alejar a los habitantes instalados en el litoral. Y lo ha conseguido. El Conde de Artigas ha quedado como único dueño de Back-Cup. ¡Sólo con el ruido de detonaciones, sólo dirigiendo hacia ese falso cráter el humo de los despojos traídos por la corriente, ha podido hacer creer en la existencia de un volcán que despertaba inopinadamente, en la inminencia de una erupción que jamás se ha producido!

De este modo han debido pasar las cosas; y, en efecto, desde la partida de los pescadores bermudanos, Back-Cup no ha cesado de arrojar espesas columnas de humo por su cúspide.


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