Ante la bandera

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Insistamos una vez más en que Tomás Roch, por inconsciente que fuera, se rehacía cuando se le ponía en el terreno de sus descubrimientos. Animábase entonces, hablaba con la seguridad de un hombre dueño de sí, con una autoridad que imponía. Con gran elocuencia describía las maravillosas cualidades de su Fulgurador, los efectos verdaderamente extraordinarios que produciría. Pero sobre la naturaleza del explosivo y del deflagrador, sobre los elementos que le componían, sobre su fabricación, encerrábase en una reserva de la que nada le hacía salir. Una o dos veces, en lo más fuerte de una crisis, hubo motivo para creer que el secreto de su invención iba a escapársele, y se tomaron toda clase de precauciones. Fue en vano: aunque Tomás Roch no tuviese ni el instinto de su conservación siquiera, tenía al menos el de su secreto.

El pabellón 17 del parque de Healthful-House estaba rodeado de un jardín y largas vías, en el que el pensionista podía pasearse bajo la vigilancia de un guardián. Éste ocupaba el mismo pabellón, durmiendo en el mismo cuarto, y observando al inventor noche y día sin abandonarle un momento. Espiaba sus menores palabras en el curso de sus alucinaciones, que se producían generalmente en el estado intermedio entre la vigilia y el sueño, y hasta en éste le escuchaba.


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