Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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—Bien, ¿y cuando sea mayor? —observó Sim.

—Será Hormiguita también —respondió la vieja, que bautizó al niño con un beso.

He aquí la acogida que a nuestro héroe se dio en la granja. Quitáronle los andrajos que él se puso para el papel de Sib, y fueron reemplazados por otras ropas que Sim usó cuando tenía la edad del niño, no muy nuevas, pero cálidas y limpias. Él conservó su traje de lana, que comenzaba a estarle estrecho, pero al que parecía querer mucho.

Comió con la familia sentado en una silla alta, preguntándose si toda aquella felicidad no desaparecería. ¡No! No desapareció la buena sopa de avena, de la que se le sirvió un buen plato; no desapareció el pedazo de grasa y de coles, del que se le dio bastante, ni la torta con huevos y harina, que fue distribuida por partes iguales entre todos, comida y remojada en un vaso de ese excelente potheen que el labrador destilaba de la cebada recolectada en las tierras de Kerwan.

Fue una buena comida, sin contar que nuestro héroe no veía más que caras sonrientes, excepto tal vez la del hermano mayor, siempre seria y hasta algo triste… Los ojos del niño se humedecieron y las lágrimas corrían por sus mejillas.

—¿Qué tienes? —le preguntó Kitty.

—Vamos, no hay por qué llorar —añadió la abuela—. Aquí te queremos mucho.


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