Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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—Y yo te haré juguetes —le dijo Sim.

—No lloro —respondió el niño—. No son lágrimas.

¡No, en verdad! Más bien era el corazón de la pobre criatura que se desbordaba.

—¡Vamos! ¡Vamos! —dijo Martin—. Por una vez pase, pero te advierto que aquí está prohibido llorar.

—No lloraré más, señor —respondió el niño, yendo a los brazos que la abuela le tendía.

Martin y Martina tenían necesidad de descanso. Además, en la granja se acostaban temprano, pues tenían la costumbre de levantarse al alba.

—¿Dónde se va a colocar al riño? —preguntó el labrador.

—En mi cuarto —respondió Sim—; le cederé la mitad de mi cama como si fuera un hermano pequeño.

—No, hijos míos —respondió la abuela—. Dejad que se acueste junto a mí: no me incomodará; le miraré dormir, y esto me proporcionará placer.

Cualquier deseo de la abuela jamás había encontrado sombra de resistencia.

Instalóse un lecho cerca del suyo, como había pedido, y Hormiguita fue inmediatamente conducido a él.


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