Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés Blancas sábanas, una buena colcha: esto lo habÃa él conocido durante algunas semanas en el George Royal Hotel de Limerick, en la habitación de Miss Anna. Pero las caricias de la actriz no valÃan lo que las de aquella honrada familia. Tal vez apreció la diferencia, sobre todo cuando la abuela le dio un fuerte beso.
—¡Ah!… Gracias… Gracias… —murmuró. Ésta fue toda su oración aquella noche, y sin duda no sabÃa otra.
Era el principio del invierno. La cosecha estaba terminada. Poco o nada habÃa que hacer fuera de la granja. En aquellos rudos terrenos la siembra del trigo, de la cebada y de la avena no se pueden efectuar al principio del invierno, cuya extensión y rigor podrÃan comprometerla. Asà es que Martin MacCarthy tenÃa la costumbre de esperar a los meses de marzo y abril para sembrar sus cereales, buscando las especies convenientes. Abrir el surco en un suelo que se hiela a varios pies de profundidad hubiera sido un trabajo tan duro como inútil.
Tanto hubiera valido arrojar la simiente a la arena o a las rocas del litoral.