Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés Se sabe cuán severa es la observancia de la fiesta del domingo entre la raza anglosajona. Los protestantes aportan allí toda la intransigencia de su puritanismo, y en Irlanda los católicos rivalizan con ellos en la práctica del culto. Son, por tanto, dos millones y medio contra ciento cincuenta mil adictos a los diversos ritos de la religión anglicana.
En Westport no se veía ningún navío perteneciente a otros países. Bricks-goletas, schooners, algunos barcos de pesca, de los que trabajaban a la entrada de la bahía, no faenaban, por estar baja la marea. Aquellos navíos, venidos de la costa occidental de Escocia con cargamentos de cereales, lo que más faltaba en Connaught, se volvían a hacer al mar en lastre, después de haber descargado. Para encontrar buques de altura, era preciso ir a Dublín, a Londonderry, a Belfast, a Cork, donde hacen escala los paquebotes transatlánticos de las líneas de Liverpool y de Londres.
Evidentemente, no sería de estos marinos desocupados de los que Thornpipe podría sacar algunos chelines, y su grito debía quedar sin eco hasta en el muelle del puerto. Detuvo, pues, su carreta. El perro, hambriento y destrozado por la fatiga, se tendió sobre la arena. Thornpipe sacó de su zurrón un pedazo de pan, algunas patatas y un arenque salado, y se puso a comer con el apetito del que hace la primera comida después de una larga jornada.