Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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La idea no era mala. A falta de chelines, él sabría contentarse con coppers y por lo menos sus muñecos no trabajarían para aquel famoso rey de Prusia, cuya avaricia fue tal, que nadie vio jamás el color de su dinero.

Volvió a gritar:

—¡Muñecos reales!… ¡Muñecos!…

En dos o tres minutos unas veinte personas rodearon la carreta. Decir que fueron lo más granado de la población sería exagerar. En su mayor parte eran niños, unas diez mujeres y algunos hombres, casi todos con sus zapatos en la mano, no solamente por el afán de no usarlos, sino porque así estaban más a gusto por su costumbre de andar descalzos.

Hagamos, sin embargo, una excepción con ciertos notables de Westport pertenecientes a este público de los domingos. Por ejemplo, el panadero, que se ha detenido con su mujer y sus dos hijos.




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