Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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—Soy un agente, buena señora —respondió el hombre.

¿Un agente?

Esta palabra la hizo retroceder. ¿Pertenecía este agente al Baby-farming, aunque las visitas fueron tan raras que jamás un inspector había ido a la aldea de Rindok? ¿Venía de la casa de caridad de Donegal, para inspeccionar a los niños enviados al campo? Quienquiera que fuese, desde que penetró en la choza, la Hard procuró aturdirle con su volubilidad.

—Perdón, caballero, perdón. ¡Llega en el momento en que me disponía a hacer la limpieza! ¡Vea cómo se portan estos niños! Acaban de devorar un gran plato de sopa de avena. La niña y el niño, se comprende, porque la otra está enferma, sí. Una fiebre que con nada se puede cortar. Iba a partir para Donegal en busca de un médico. ¡Pobrecillos! ¡Les quiero tanto!…

Y con su fisonomía salvaje y su feroz mirada, la Hard parecía una tigresa, que se esforzaba por ser gata.

—Señor inspector —siguió—; si la casa de caridad decidiese que se me entregara algún dinero para comprar medicinas… Sólo tenemos lo preciso para alimentarnos.

—Yo no soy un inspector, señora —respondió el hombre dulcemente.


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