Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés PRIMA QUE GANAR
LA Hard quedó asombrada. Jamás se pretendÃa entrar en la choza. Además; ¿por qué llamar? No habÃa más que levantar el pestillo.
Los niños se habÃan refugiado en un rincón, donde acababan de devorar la patata con glotonerÃa, y con las mejillas hinchadas por los enormes bocados.
Llamaron de nuevo un poco más fuerte; pero este golpe no indicaba un visitante imperioso o impaciente. ¿Era un miserable, un mendigo del camino que venÃa a pedir una limosna? ¡Una limosna allÃ! Y sin embargo, aquel golpe parecÃa de un pobre.
La Hard se irguió, y afirmándose sobre sus piernas, hizo un gesto de amenaza a los niños. PodÃa ser un inspector de Donegal y no era preciso que Hormiguita y su compañera manifestasen su hambre.
Abrióse la puerta y el cerdo huyó, lanzando un feroz gruñido.
En el umbral habÃa un hombre. En vez de incomodarse, parecÃa más bien dispuesto a pedir excusas por su inoportunidad. Su saludo parecÃa dirigirse tanto al inmundo animal, como a la no menos inmunda dueña de la choza. ¿Por qué habÃa de asombrarse de ver salir un cerdo de aquella porquera?
—¿Qué queréis? ¿Quién es usted? —preguntó bruscamente la Hard, impidiéndole la entrada.
