Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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XI

PRIMA QUE GANAR

LA Hard quedó asombrada. Jamás se pretendía entrar en la choza. Además; ¿por qué llamar? No había más que levantar el pestillo.

Los niños se habían refugiado en un rincón, donde acababan de devorar la patata con glotonería, y con las mejillas hinchadas por los enormes bocados.

Llamaron de nuevo un poco más fuerte; pero este golpe no indicaba un visitante imperioso o impaciente. ¿Era un miserable, un mendigo del camino que venía a pedir una limosna? ¡Una limosna allí! Y sin embargo, aquel golpe parecía de un pobre.

La Hard se irguió, y afirmándose sobre sus piernas, hizo un gesto de amenaza a los niños. Podía ser un inspector de Donegal y no era preciso que Hormiguita y su compañera manifestasen su hambre.

Abrióse la puerta y el cerdo huyó, lanzando un feroz gruñido.

En el umbral había un hombre. En vez de incomodarse, parecía más bien dispuesto a pedir excusas por su inoportunidad. Su saludo parecía dirigirse tanto al inmundo animal, como a la no menos inmunda dueña de la choza. ¿Por qué había de asombrarse de ver salir un cerdo de aquella porquera?

—¿Qué queréis? ¿Quién es usted? —preguntó bruscamente la Hard, impidiéndole la entrada.


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