Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés A pesar de su deseo, Hormiguita tuvo que permanecer en casa con la abuela y la niña.
Convinóse además en que la exploración se limitarÃa a unas dos o tres millas, y que en el caso de que Sim juzgara conveniente ir más lejos, Martina y Kitty regresarÃan antes de la noche.
Un cuarto de hora después, la abuela y Hormiguita estaban solos, Jenny dormÃa en la alcoba de Murdock y Kitty, contigua a la sala. Una especie de cesta suspendida por dos cordones a una de las vigas del techo según la costumbre irlandesa, servÃa a la niña de cuna.
El sillón de la abuela estaba ante el hogar, de cuyo fuego de césped y leña cuidaba Hormiguita. De vez en cuando, éste se levantaba e iba a ver si su ahijada se despertaba, inquietándose al menor movimiento que hacÃa, presto a darle un poco de leche templada, o a volverla a dormir, meciendo dulcemente su cuna.
La abuela, atormentada por la inquietud, prestaba oÃdo a todos los ruidos de afuera, que eran crujidos de la nieve que se endurecÃa sobre tejado, y de las maderas oprimidas por el peso.
—¿No oyes nada, Hormiguita? —decÃa.
—No, abuela.
Y después de haber frotado los vidrios escarchados, procuraba echar una mirada por la ventana que daba al patio; todo estaba blanco.