Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés No se extrañe si Hormiguita, gracias a un instinto particular, había establecido su contabilidad diaria de una manera muy regular; tanto, para la posada; tanto, para la comida; tanto, para el lavado de ropa, el fuego y la luz. Todas las mañanas apuntaba en su cuaderno la suma destinada a la compra de mercancías, y por la noche hacía el balance de gastos y productos. Sabía comprar y vender y sacaba utilidad. Tan bien que a finales del año 1882 hubiera tenido diez libras en caja de haber poseído caja. Verdad es que un editor, en casa del que compraba ordinariamente, había puesto la suya a su disposición y en ella depositaba todas las semanas los beneficios que producían hasta un pequeño interés.