Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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—¿No hay, pues, río? —repitió Bob.

—Sí; un río que desemboca en el puerto —respondió Hormiguita.

Y continuaron su exploración alejándose en muchas vueltas. Así, más allá del castillo, llegaron ante un vasto conjunto de construcción de cuatro pisos de piedra de Portland, con una fachada griega de cien metros de altura, un frontón sobre cuatro columnas corintias y dos pabellones con pilastras. En torno a ello se desarrolla un verdadero parque donde los jóvenes se entregan a actividades deportivas.

¿Era, pues, un gimnasio? No; era la Universidad fundada por la reina Isabel, el Trinity-College, como se llama oficialmente. Aquellos jóvenes eran los estudiantes irlandeses, furiosos deportistas que rivalizan en audacia con sus camaradas de Cambridge y de Oxford. Éstos no se parecían en nada a la Ragged-School de Galway y el rector debía ser diferente de mister O’Bodkins.

Bob y Hormiguita tomaron por la derecha, y no habían andado cien pasos cuando el niño gritó.

—¡Mástiles! ¡Veo mástiles!

—De modo, Bob, que hay río.


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