Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés 
¡Qué ventaja tener aquella noble mujer en casa! ¡Qué orden hubo en la misma; qué limpieza en las alcobas y en la tienda! Ir a comer en una fonda vecina era más propio de un dependiente que de un amo. Las conveniencias exigen que coma en su propia mesa. Esto es a la vez más digno y mejor para la salud, cuando se posee una entendida cocinera; y Kat sabÃa cocinar tan bien como lavar, repasar y acomodar la ropa blanca, cuidar los vestidos… en fin, una criada modelo, económica y de una probidad de la que se burlaban los criados de Trelingar-Castle. Pero ¿a qué volver la atención a la familia Piborne? Que el marqués y la marquesa continúen vegetando en su fastuosa inutilidad, y no hablemos más de ellos.
Lo que importa mencionar es que el año 1883 terminó con un balance muy ventajoso para Little boy and Co. Durante la última semana apenas pudo el bazar servir los pedidos para Navidad y Año Nuevo.
El anaquel de los juguetes fue veinte veces renovado. Sin hablar de otros objetos de uso de los niños, no puede figurarse las chalupas, goletas, bricks de tres mástiles, y hasta paquebotes mecánicos, que Bob vendió. Igual ocurrió con otros artÃculos.