Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés 
—Te comprendo. Pero no es menos verdadero que este encadenamiento de cosas te permitirá, yo lo espero, pagar algún dÃa lo que ellos han hecho por ti.
—Mister O’Brien, más valiera que no tuviesen nunca necesidad de recurrir a nadie.
—No insistiré y respeto esos sentimientos que te hacen honor. Pero continuemos razonando y lleguemos a Trelingar-Castle.
—¡Oh, qué gente más mala, el marqués, la marquesa y su hijo! ¡Qué humillaciones he tenido que soportar! ¡Allà ha transcurrido lo peor de mi existencia!
—Lo que según nuestro sistema de deducciones ha sido una dicha; porque si te hubieran tratado bien en Trelingar-Castle, quizás estarÃas allà aún.
—No, mister O’Brien. Siendo groom… ¡No! ¡Jamás!, ¡jamás! Yo estaba allà sólo para esperar, y cuando tuviera ahorros…
—Pero —hizo observar mister O’Brien— alguno debe estar contento de tu entrada en el castillo: Kat.
—¡Oh, excelente mujer!
—Y alguno hay que debe estar contento de que te fueras. Bob, a quien de lo contrario no hubieras encontrado en el camino, ni llevado a Cork, donde tan animosamente habéis trabajado ambos, donde habéis encontrado a Grip. Si no no estarÃas ahora en DublÃn.