Aventuras de un niño irlandés

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Y Hormiguita quiso arrojarse sobre Carker, el que de un puntapié le hizo rodar a tres pasos. Apoderarse de la botella y entrar en la sala fue para Carker cuestión de un instante. Hormiguita no pudo hacer más que seguirle, llorando de rabia.

Todavía quiso protestar; pero Grip no estaba allí para ayudarle y recibió pescozones, puntapiés, mordiscos… hasta de la vieja Kriss, que se mezcló en el asunto desde que vio la botella.

—¡Ginebra! —exclamó—. Buena ginebra, y habrá para todos.

Seguramente Hormiguita hubiera obrado más cuerdamente dejando la botella en la calle donde tal vez ahora la buscaba su dueño; pues diez o doce cuartillos de ginebra valían algunos chelines, y hasta más de media corona… Debiera haber comprendido lo imposible de subir al desván de Grip sin ser visto. Ahora ya era tarde.

En cuanto a dirigirse a mister O’Bodkins y contarle lo sucedido… ¡bien recibido hubiera sido! Ir al gabinete del director, entreabrir la puerta, por poco que fuese, era arriesgarse, distraerle en lo más fuerte de sus cálculos. ¿Y qué resultaría? Mister O’Bodkins haría que le llevaran la botella, y lo que entraba en el cajón del director no salía nunca.

Hormiguita, pues, no podía hacer nada; y apresuróse a reunirse con Grip en el desván a fin de contárselo todo.


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