Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Al día siguiente, a cosa de las tres, se vio surgir al Nordeste Sanderson Hope. La tierra quedó a una distancia de quince millas por la parte de estribor, y las montañas parecían cubiertas de un hollín rojizo. Al amanecer, muchas ballenas de la especie de las finners, que tienen aletas en el dorso, empezaron a retozar en medio de los témpanos de hielo, arrojando por sus espiráculos el aire y el agua.

Durante la noche del 3 al 4 de mayo el doctor pudo ver por primera vez el sol tocando el último extremo del horizonte, sin sepultar en él su disco luminoso. Desde el 31 de enero, sus órbitas se fueron prolongando diariamente, y ya entonces reinaba una claridad continua.
Para espectadores no acostumbrados a ella, semejante persistencia del día es un objeto incesante de asombro y hasta de fatiga. Nadie es capaz de figurarse hasta qué punto la oscuridad de la noche es necesaria para la salud de los ojos. El doctor experimentaba un verdadero dolor para habituarse a aquella luz continua, que acababa de volver irritante la reflexión de los rayos luminosos sobre las llanuras de hielo.