Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras En medio de la niebla entreabierta, el Pulgar del Diablo parecÃa haberse repentinamente acercado al bergantÃn, y habÃa, en apariencia, crecido de una manera fantástica. En su cima se levantaba un segundo cono invertido, que giraba alrededor de su punta, y amenazaba aplastar al buque con su enorme mole. Oscilaba, próximo a caer. Era un espectáculo espantoso. Todos retrocedieron automáticamente y varios marineros, echándose al hielo, abandonaron el buque.
—¡Qué nadie se mueva! —gritó el comandante con voz severa—. ¡Cada cual a su puesto!
—¡Nada temáis, amigos mÃos —dijo el doctor—; no hay ningún peligro! ¡Mirad, señor Wall! Es un efecto de espejismo, no de otra cosa.
—Tenéis razón, señor Clawbonny —replicó el contramaestre Johnson—; esos ignorantes se han dejado intimidar por una sombra.
Después de las palabras del doctor, la mayor parte de los marineros se agruparon y pasaron del miedo a la admiración de aquel maravilloso fenómeno, que no tardó en disiparse.
—¡Ellos llaman a eso espejismo! —dijo Clifton—. Pues bien, el diablo entra por algo en lo que hemos visto; podéis creerlo.
—Indudablemente —le respondió Gripper.