Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Pero la niebla, entreabriéndose, habÃa permitido ver al comandante un paso inmenso y libre, que él no sospechaba y que tendÃa a separarle de la costa. Resolvió aprovecharse sin demora de aquella circunstancia favorable. Los marineros se colocaron a uno y otro lado del canal, y con maromas empezaron a remolcar el buque en dirección Norte.
Durante muchas horas esta maniobra se ejecutó con ardor, aunque silenciosamente, y Shandon habÃa mandado encender los hornos para aprovecharse de aquel pasadizo tan felizmente descubierto.
—Es una casualidad providencial —dijo a Johnson—, y si podemos ganar, aunque no sea más que algunas millas, tal vez hayamos llegado al término de nuestros trabajos. Señor Brunton; activad el fuego, y avisadme cuando la presión sea suficiente. Entretanto, que los marineros redoblen su energÃa; todo eso habremos ganado. ¡Ellos se dan prisa en alejarse del Pulgar del Diablo! Pues bien, no desperdiciemos sus buenas disposiciones.
De pronto, él bergantÃn dejó de avanzar.
—¿Qué es eso? —Preguntó Shandon—. Wall, ¿se han roto acaso los cables de remolque?
—No, capitán —respondió Wall asomándose por el filarete—. Pero los marineros retroceden, se encaraman por los costados del bergantÃn; todo indica que se ha apoderado de ellos un súbito terror.