Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Colocada la máquina a bordo, empezó la estiba de las provisiones, que no era una bicoca, porque el buque pedía víveres para seis años. Los víveres consistían en carne salada y seca, en pescado curado al humo, galleta y harina. Montañas de café y de té cayeron como aludes enormes dentro de los pañoles. Ricardo Shandon presidía solícitamente, como hombre que sabe dónde tiene su mano derecha, el acarreo de aquel precioso cargamento. Todo se hallaba encajonado, rotulado y numerado con un orden perfecto. Se embarcó también una gran cantidad de esa preparación india llamada pemmican, que en un pequeño volumen contiene un gran número de elementos nutritivos.
El género de víveres no dejaba duda alguna acerca de la duración del viaje, ni aun a los más legos. Pero un buen observador comprendía, además, sin tenerse que romper mucho los cascos, que el Forward iba a navegar por los mares polares, al ver los barriles de limonada, pastillas de cal, paquetes de mostaza, granos de acedera y de codearia, y otra multitud de antiescorbúticos enérgicos y eficaces cuya influencia es tan necesaria en las navegaciones australes y boreales.
Shandon había, sin duda, recibido la orden de fijarse muy particularmente en esta parte del cargamento, pues se ocupó mucho de ella, como igualmente de la farmacia o botiquín de viaje.
