Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras El doctor y el contramaestre Johnson eran tal vez los únicos que contemplaban con interés aquellas comarcas desiertas. Hatteras, siempre inclinado sobre sus cartas de marear, hablaba poco, y su taciturnidad era mayor a medida que el bergantín caminaba hacia el Sur; subía con frecuencia a cubierta, y desde la popa, con los brazos cruzados, con la vista perdida en el espacio, permanecía horas enteras contemplando el horizonte. Sus órdenes, si alguna daba, eran breves y rudas. Shandon se había encerrado en un silencio frío, y, poco a poco, concentrándose en sí mismo, no tuvo con Hatteras más relaciones que las que exigían las necesidades del servicio. James Wall permanecía adicto a Shandon; a la conducta de éste acomodaba la suya. El resto de la tripulación aguardaba los acontecimientos, dispuestos a aprovecharse de ellos, cada cual en interés propio. No había ya a bordo la unidad de pensamientos, la comunión de ideas tan necesaria para el cumplimiento de las grandes cosas. Hatteras lo sabía.
Durante todo el día, se vieron dos ballenas avanzando rápidamente hacia el Sur, y se percibió igualmente un oso blanco, que fue saludado a tiros sin éxito aparente. El capitán sabía el valor del tiempo en aquellas circunstancias, y no permitió perseguir al animal.