Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras El estrecho de Bellot, que tiene una milla de ancho sobre diecisiete de largo, con una corriente de seis a siete nudos, está encajonado entre montañas, cuya altura viene a ser de unos mil setecientos pies. Separa North Sommerset de la tierra de Boothia, y fácilmente se comprende que en él los buques se mueven como quieren. El Forward avanzaba con precaución, pero avanzaba. Las tempestades son frecuentes en aquel espacio estrecho, y el bergantín no se libró de su violencia habitual. Hatteras mandó arriar los masteleros y los juanetes y rizar las velas mayores, y, eso no obstante, el buque era juguete del viento, las olas entraban en la cubierta envueltas en ráfagas de lluvia; el humo huía hacia el Este con una rapidez asombrosa; se andaba algo al azar en medio de hielos movedizos; el barómetro bajó a veintinueve pulgadas, y era difícil permanecer en la cubierta, tanto, que la mayor parte de los tripulantes permanecían en el sollado para no sufrir inútilmente.
Hatteras, Johnson y Shandon no se movieron de la toldilla, a despecho de los torbellinos de nieve y de lluvia, y debemos añadir que el doctor, habiéndose preguntado a sí mismo qué cosa podría hacer en aquel momento que fuese más desagradable, subió inmediatamente a cubierta, donde los unos y los otros no se oían y apenas se veían, por lo que cada cual guardó sus reflexiones.
