Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

Hubo medio día de ansiedad para todos los ánimos. Pero de repente, a cosa de las dos, cayeron de lo alto del trinquete las siguientes palabras:

—¡Proa al Oeste, y a toda máquina!

El bergantín obedeció: instantáneamente volvió el tajamar hacia el punto indicado; el mar arrojó espuma bajo las paletas de la hélice, y el Forward se lanzó a todo vapor entre dos icestreams conmovidos y cuarteados.

Se había hallado el camino. Hatteras bajó a la cubierta, y el icemaster volvió a su puesto.

—Y bien, capitán —dijo el doctor—, ¿hemos por fin entrado en el famoso estrecho?

—Sí —respondió Hatteras, bajando la voz—, pero no basta entrar, es preciso también salir.

Y sin más palabras, volvió a su camarote.

«Tiene razón —se dijo el doctor—; nos hallamos aquí como en una ratonera, sin mucho espacio para maniobrar, ¡y si tuviéramos que invernar en este estrecho…! ¡Bueno! No seríamos nosotros los primeros a quienes sobreviniese este accidente, y si otros han sabido salir de apuros, también saldríamos nosotros».

El doctor no se engañaba; en aquel mismo sitio, en un ancón abrigado llamado por el mismo McClintock puerto de Kennedy, el Fox invernó en 1858. En aquel momento se podían reconocer las altas cordilleras graníticas y los acantilados de las dos orillas.


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