Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras A cosa de las cinco de la mañana, el tiempo varió con una rapidez sorprendente. La temperatura volvió súbitamente al punto de congelación, y el viento pasó al Norte y se calmó. Se podía percibir la abertura occidental del estrecho, pero se la veía enteramente obstruida. Hatteras miraba ávidamente la costa, preguntándose si el paso existía realmente.
El bergantín aparejó; sin embargo, se deslizó lentamente entre los icestreams, en tanto que su quilla rompía estrepitosamente los hielos. Los packs, en aquella época, tenían aún de seis a siete pies de grueso, y era preciso evitar con cuidado su presión, porque en el caso de que el buque hubiera podido resistirla, habría corrido el riesgo de caer sobre un costado.
Al mediodía se pudo, por primera vez, admirar un magnífico fenómeno solar, un halo con dos parhelios. El doctor lo observó y midió exactamente. El arco exterior no era visible sino a una extensión de 30° a cada lado del diámetro horizontal; las dos imágenes del sol se distinguían notablemente, y los colores percibidos en los arcos luminosos eran, de dentro afuera, el rojo, el amarillo, el verde, un azul muy claro y, por último, una luz muy blanca, sin límite exterior susceptible de precisarse.
