Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Estad tranquilo, capitán —replicó Johnson—, han quedado bastantes para vos. El frÃo conserva maravillosamente, y lo hallaremos todo fresco, y en tan buen estado como el primer dÃa.
—Los vÃveres no me preocupan —respondió Hatteras—; los tengo para algunos años; lo que me falta es carbón.
—Pues bien, capitán, dejamos en la isla más de mil toneladas, y, por tanto, podéis estar tranquilo.
—Acerquémonos —repuso Hatteras, el cual, con su anteojo en la mano, no dejaba un instante de observar la costa.
—¿Veis aquella punta? —repuso Johnson—. Cuando la hayamos doblado, estaremos ya muy cerca de nuestro fondeadero. SÃ, no hay duda, aquél es el sitio en que zarpamos para Inglaterra con el teniente Creswell y los doce enfermos del Investigator. Pero si tuvimos la fortuna de devolver a su patria al teniente del capitán McClure, el oficial Bellot, que nos acompañaba en el Phoenix, ya no volvió a ver su paÃs. ¡Triste recuerdo! Pero, capitán, opino que debemos fondear aquà mismo.
—Bien —respondió Hatteras.
Y dio sus órdenes al efecto.
El Forward se hallaba en un ancón naturalmente abrigado contra los vientos del Norte, del Este y del Sur, y a cosa de un cable de la costa.