Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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—Precisamente, señor Clawbonny. Llegamos a la isla Beechey a principios de agosto, y el 10 del mismo mes el capitán Inglefield dejó el Phoenix para juntarse con el capitán Pullen, separado desde hacía un mes de su buque, el North Star. A su regreso contaba con poder mandar a Sir Edward Belcher, que invernaba en el canal de Wellington, las órdenes del Almirantazgo. Poco después de la partida de nuestro capitán, el comandante Pullen volvió a bordo. ¡Ojalá hubiese vuelto antes de la partida del capitán Inglefield! El teniente Bellot, temiendo que se prolongase la ausencia de nuestro capitán, y sabiendo que las órdenes del Almirantazgo eran apremiantes, se ofreció a llevarlas él mismo. Dejó el mando de los dos buques al capitán Pullen, y partió el 12 de agosto con un trineo y un bote de goma elástica. Yo fui con él, y le acompañaron también Harvey, contramaestre del North Star, y Madden y David Hook, marineros. Supusimos que Sir Edward Belcher debía encontrarse cerca del cabo Beechey, al Norte del canal, por cuya razón nos dirigimos hacia aquel lado en nuestro trineo, pasando muy cerca de las playas del Este. El primer día acampamos a tres millas del cabo Innis, y al día siguiente nos detuvimos sobre un témpano, a unas tres millas del cabo Bowden. Durante la noche, clara como el día, teniendo la tierra a tres millas, el teniente Bellot resolvió ir a acampar en ella. Trató de hacer la travesía en el bote de goma elástica, y dos veces lo rechazó una violenta brisa. Harvell y Madden intentaron a su vez pasar y fueron más afortunados. Se habían provisto de una cuerda, y establecieron una comunicación entre el trineo y la costa. Por medio de la cuerda fueron transportados tres objetos; pero a la cuarta tentativa, sentimos que nuestro témpano se movía. El señor Bellot empezó a gritar para que sus compañeros aflojasen la cuerda, y el teniente, David Hook y yo fuimos arrastrados a gran distancia de la costa. En aquel momento soplaba con fuerza el viento del Sudeste, y nevaba. Pero nosotros no corríamos aún grandes peligros, y bien podía él haberse librado de ellos como nos libramos nosotros.


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