Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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Johnson se interrumpió un instante considerando aquella costa fatal y repuso:

—Después de haber perdido de vista a nuestros compañeros, tratamos de abrigarnos bajo el toldo de nuestro trineo, pero en vano. Entonces, con nuestras navajas, empezamos a construimos una choza en el hielo. El señor Bellot se sentó cosa de media hora, y nos habló del peligro de nuestra situación: yo le dije que no tenía ningún miedo. Con la protección de Dios —nos respondió— ni un cabello caerá de nuestra cabeza. Yo entonces le pregunté qué hora era, y él me respondió: «Cerca de las seis y cuarto». Eran las seis y cuarto de la mañana del jueves 18 de agosto. Entonces, el señor Bellot ató sus libros y dijo que quería ir a ver cómo flotaba el hielo. Hacía apenas cuatro minutos que había partido, cuando yo, para ir a buscarlo, di la vuelta alrededor del mismo témpano en que nos habíamos abrigado; pero no lo vi, y volviendo a nuestro asilo, percibí su bastón al lado opuesto de una hendidura de unas cinco toesas de anchura en que el hielo estaba hecho pedazos. En aquel instante el viento soplaba con mucha fuerza. Volví a buscar alrededor del témpano, pero no pude descubrir ninguna huella del pobre teniente.

—¿Y qué suponéis? —preguntó el doctor, conmovido.


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