Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Supongo que cuando Monsieur Bellot salió, el viento lo arrastró, y como llevaba abrochado el capote, no pudo nadar para subir a la superficie. ¡Oh! ¡Señor Clawbonny, yo experimenté entonces el mayor dolor de mi vida! ¡Me quedé sin saber lo que me pasaba! ¡Aquel valiente oficial, vÃctima de su adhesión! Porque sólo para cumplir las instrucciones del capitán Pullen quiso pasar a tierra antes del deshielo. Valeroso joven, querido de todos los de a bordo, servicial, pundonoroso. Inglaterra entera le ha llorado, y hasta los mismos esquimales, al saber por el capitán Inglefield, a su regreso a la bahÃa de Pound, la muerte del buen teniente, exclamaron, llorando, como lloro yo: «¡Pobre Bellot! ¡Pobre Bellot!».

—Pero vuestro compañero y vos, Johnson —preguntó el doctor, enternecido por su patética narración—, ¿cómo pudisteis volver a tierra?
—Muy fácilmente, doctor; permanecimos aún veinticuatro horas en el témpano, sin alimentos y sin fuego, pero encontramos al fin un campo de hielo encallado en un escollo; saltamos a él, y,con el auxilio de un remo que nos quedaba, enganchamos un témpano, capaz de sostenemos y de ser conducidos como una almadÃa. ¡Asà es como ganamos la orilla, pero solos y sin nuestro bravo oficial!