Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —¡Después de tantos testimonios —se dijo—, después de las relaciones de Stewart, de Penny y de Belcher, no es lÃcita ninguna duda! ¡Es menester que lo que ellos han dicho que es, sea! ¿Podemos poner en duda sus aserciones? ¡No! Sin embargo, si con motivo de un invierno precoz, aquel mar, libre entonces, hubiese… Pero no, ha habido años de intervalo desde el informe del uno al del otro. ¡El mar existe, y yo lo encontraré! ¡Yo lo veré!
Hatteras subió a cubierta. Una inmensa niebla rodeaba el Forward, percibiéndose apenas desde abajo los topes de los palos. Hatteras hizo, no obstante, bajar al vigÃa de su puesto para relevarle, queriendo aprovechar todos los momentos de claridad, con objeto de examinar el horizonte del Noroeste.

En aquella ocasión no pudo Shandon abstenerse de decir al teniente:
—¡Y bien, Wall! ¿Y el mar libre?
—Tenéis razón, Shandon —respondió Wall—, y ya en los pañoles no tenemos carbón más que para seis semanas.
—El doctor —respondió Shandon— encontrará algún procedimiento cientÃfico para calentarnos sin combustible. He oÃdo decir que se hace hielo con fuego; acaso él nos haga fuego con hielo.