Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras La tempestad, como se ve, se acumulaba sobre la cabeza de Hatteras. Éste, firme, inquebrantable, enérgico, siempre confiado, marchaba con audacia. En resumen, si él no hubiera sido el que trazaba la dirección al buque, su buque se hubiera conducido denodadamente; el camino recorrido en cinco meses representaba el recorrido por otros navegantes en dos o tres años. Hatteras se hallaba ahora en la precisión de invernar, pero esta situación no podÃa amilanar a corazones fuertes y decididos, a almas experimentadas y aguerridas; a hombres intrépidos y bien templados. ¿No pasaron acaso Sir John Ross y McClure tres inviernos sucesivos en las regiones árticas?
Lo que se habÃa hecho, ¿no se podÃa volver a hacer?
—Indudablemente —repetÃa Hatteras—, y más si es necesario. ¡Ah! —DecÃa con sentimiento el doctor—, ¡si yo hubiera podido forzar el estrecho de Smith, al norte del mar de Baffin, a estas horas estarÃa en el Polo!
—¡Bueno! —RespondÃa invariablemente el doctor, que en caso necesario hubiera inventado la confianza—. Al Polo llegaremos, capitán, al 99° meridiano en lugar de 75°, es verdad; pero ¿qué importa? Si por todas partes se va a Roma, más cierto es aún que todo meridiano va al Polo.