Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras 
Sin embargo, el día 19, Simpson llegó a apoderarse de uno de ellos, a cuatrocientas yardas del buque. Había tenido la precaución de tapar su agujero de refugio, de suerte que el animal quedó a discreción de los cazadores. Se resistió mucho tiempo, y después de haber recibido varios tiros quedó rematado. Tenía nueve pies de longitud; su cabeza de alano, los dieciséis dientes de sus mandíbulas, sus grandes aletas pectorales en forma de antebrazos, su cola pequeña y provista de otro par de aletas, hacían de él un magnífico ejemplar de la familia de los perros marinos. El doctor, queriendo conservar su cabeza para su colección de historia natural, y su piel para las necesidades que les reservara el porvenir, hizo preparar una y otra por un medio rápido y poco costoso. Sumergió el cuerpo del animal en el pozo, y millares de pequeños crustáceos no dejaron ni la menor partícula de carne; de suerte que a las doce horas el trabajo estaba concluido de manera que no hubiera podido hacer mejor el más hábil componente de la digna corporación de curtidores de Liverpool.