Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Durante aquellas horas de ocio, el doctor ponía en orden las notas de viaje, de las que este relato es la fiel reproducción. No se le veía jamás mano sobre mano, y conservaba siempre el mismo buen humor. Vio, sin embargo, con satisfacción, que la tempestad había concluido, y se dispuso a volver a sus acostumbrados ejercicios venatorios.
El 3 de noviembre, a las seis de la mañana, a una temperatura de 5° bajo cero (—21° centígrados), partió en compañía de Johnson y de Bell. Las llanuras de hielo estaban unidas, y la nieve, esparcida abundantemente durante los días precedentes y solidificada por la helada, ofrecía un terreno bastante propicio para andar. Un frío seco y punzante se deslizaba por la atmósfera; la Luna brillaba con una pureza incomparable, y en las pequeñas asperezas del campo producía un juego de luz asombroso: las huellas de los pasos se iluminaban en sus bordes, y dejaban un rastro luminoso en el camino de los cazadores, cuyas grandes sombras se prolongaban en el hielo con una limpieza sorprendente.
