Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras El doctor llevaba consigo a su amigo Duck, al cual daba con razón la preferencia, para cazar, sobre los perros groenlandeses. Éstos son poco útiles para el caso, y no parece que tengan el fuego sacro de la raza de las zonas templadas. Duck corrÃa husmeando el camino y quedaba con frecuencia de muestra junto a alguna huella de oso que estaba aún fresca. Sin embargo, a pesar de su habilidad, los cazadores no habÃan encontrado siquiera una liebre después de dos horas de marcha.
—¿Habrá emigrado la caza hacia el Sur? —dijo el doctor, haciendo alto al pie de un hummock.
—Asà parece, señor Clawbonny —respondió el carpintero.
—Pues a mà no me parece nada de eso —respondió Johnson—. Las liebres, las zorras y los osos están acostumbrados a estos climas. En mi concepto, la última tempestad ha sido la causa de su desaparición, pero con los vientos del Sur no tardarán en volver. Otra cosa serÃa si me hablaseis de renos o de toros almizclados.
—Y, sin embargo, en la isla de Melville se encuentran liebres y zorras en abundancia —repuso el doctor—. Verdad es que la isla de Melville está situada más al Sur. En ella Parry, durante sus invernadas, tuvo siempre a discreción zorras y liebres.
—Nosotros no tenemos tanta fortuna —respondió Bell—. Si pudiéramos siquiera proveemos de carne de oso, podrÃamos damos por satisfechos.