Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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—Un oso, un buen oso —dijo Bell imitando al doctor.

—Un oso soberbio —repitió Johnson, reservándose tirar el último.

Duck aullaba con furor. Bell avanzó unos veinte pies e hizo fuego; pero no pareció que hubiese acertado, pues el animal siguió balanceando con pausa la cabeza.

Johnson se aproximó a su vez y, después de haber apuntado bien, apretó el gatillo de su escopeta.

—¡Bueno! —exclamó el doctor—. ¡Nada tampoco!

¡Ah! ¡Maldita refracción! ¿No nos acostumbraremos nunca a ella? Ese oso está fuera de tiro; dista al menos mil pasos de nosotros.

—¡Adelante! —respondió Bell.

Los tres compañeros corrieron a escape hacia el animal, a quien los tiros disparados no habían impresionado en lo más mínimo. Parecía ser de gran tamaño, y los cazadores, sin calcular los peligros del ataque, se entregaban ya a la alegría de la conquista. Llegados a una distancia regular, hicieron fuego, y el oso, herido sin duda mortalmente, dio un salto enorme, y cayó al pie de la loma.

Duek se precipitó hacia él

—He aquí un oso —dijo el doctor— que se ha dejado derribar pronto.


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