Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —No nos ha costado más que tres tiros —respondió Bell desdeñosamente—, y está pataleando.
—¡Es raro! —dijo Johnson.
—A no ser que hayamos llegado precisamente en el momento en que iba a morir de viejo —respondió el doctor, riendo.
—A fe mÃa, viejo o joven —respondió Bell—, la verdad es que hemos hecho un buen negocio.
Mientras tanto, los cazadores llegaron al pie de la loma, y, con gran asombro suyo, hallaron a Duck cebándose en el cadáver de una zorra blanca.
—¡Buen negocio! —exclamó Bell—. ¡No es mal chasco el que nos hemos llevado!
—¿Es posible? —dijo el doctor—. ¡Matamos un oso, y cae una zorra!
Johnson no sabÃa qué responder.
—¡Bueno! —exclamó el doctor con una carcajada mezclada de despecho—. ¡La refracción! ¡Siempre la refracción!
—¿Qué queréis decir, señor Clawbonny? —preguntó el carpintero.
—Quiero decir, amigo mÃo, que la refracción nos ha engañado lo mismo acerca de la dimensión que de la distancia. Nos ha hecho ver un oso bajo la piel de una zorra. Lo que nos ha sucedido a nosotros, ha sucedido más de una vez a otros cazadores en circunstancias idénticas. Está visto que aquà todo son fantasmas.