Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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A pesar de las recomendaciones del doctor, Pen y sus amigos se negaban a hacer el menor ejercicio, y pasaban todo el santo día acurrucados junto a la estufa o bajo las cubiertas de su coy. Así es que su salud no tardó en alterarse, no pudieron reaccionar contra la influencia funesta del clima, y el terrible escorbuto apareció a bordo.

El doctor había, sin embargo, empezado desde algún tiempo a distribuir todas las mañanas limonada y pastillas de cal; pero estos preventivos, tan eficaces comúnmente, no ejercieron ninguna acción sensible en los enfermos, y la dolencia, siguiendo su curso, ofreció bien pronto sus más horribles síntomas.

¡Qué espectáculo el de aquellos desgraciados, cuyos nervios y músculos contraían los más acerbos dolores! Sus piernas se hinchaban extraordinariamente, y se cubrían de anchas petequias y manchas de un color azul negruzco; sus encías sanguinolentas y sus labios hinchados no permitían pasar más que sonidos inarticulados, y la masa de la sangre, completamente alterada y desprovista de fibrina, no transmitía ya la vida a las extremidades del cuerpo.



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