Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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La tripulación se ocupaba de varios trabajos interiores, de los cuales el principal consistía en preparar la grasa y el aceite procedente de las focas. Estos productos se convirtieron en témpanos de hielo que era preciso romper con el hacha. Aquel hielo se reducía a pedazos, cuya dureza era igual a la del mármol, y con la cantidad que se recogió se hubieran podido llenar unos diez barriles. Como se ve, no había necesidad de envasarlo, y, además, ningún vaso hubiera resistido los esfuerzos del líquido que la temperatura transformaba.

El 28, el termómetro descendió a 32° bajo cero (—36° centígrados); no había carbón más que para diez días, y todos veían con espanto acercarse el momento en que iba a faltar el combustible.

Hatteras, por medida de economía, hizo apagar la estufa de popa, y desde entonces, Shandon, el doctor y él tuvieron que establecerse en la sala común de los tripulantes. Hatteras se halló, pues, más constantemente en relación con los marineros, que le dirigían miradas estúpidas y feroces. Oía sus recriminaciones, sus reconvenciones y hasta sus amenazas, y no podía castigarles. Además, parecía sordo a todas sus observaciones. No reclamaba el sitio más próximo a la lumbre. Permanecía en un rincón, con los brazos cruzados y sin decir una palabra.


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