Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Hatteras no podía recurrir a este medio en un campo de hielo tal vez movedizo. En tierra firme, el procedimiento hubiera sido practicable, pero no entre los icefields, donde las inseguridades del camino vuelven muy problemático el regreso por puntos ya recorridos.
Al mediodía, Hatteras mandó hacer alto a su comitiva al abrigo de un murallón de hielo. El almuerzo se compuso de pemmican y té hirviendo, cuyas cualidades tónicas produjeron un verdadero bienestar a los viajeros.

Volvióse a emprender la marcha después de una hora de descanso. Unas 20 millas se habían andado en aquella primera jornada, y por la noche hombres y perros estaban rendidos de fatiga.
Sin embargo, preciso era, a pesar del cansancio, construir una casa de nieve para pasar en ella la noche. La tienda hubiera sido insuficiente. En la construcción de la casa se invirtió una hora y media. Bell se manifestó muy hábil. Los témpanos de hielo, cortados a cuchillo, se sobrepusieron con rapidez, se rodearon en forma de cúpula y, con un cuadrado formando la llave de la bóveda, se aseguró la solidez del edificio. Con la nieve blanda, que servía de argamasa, se llenaron los intersticios, y endurecida luego, formó cuerpo común con los témpanos, que se redujeron todos a uno solo.