Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Una abertura estrecha, por la cual era preciso deslizarse a rastras, permitÃa entrar en la improvisada gruta. El primero que entró, no sin trabajo, fue el doctor, y los demás lo siguieron. Se preparó rápidamente la cena, sin más combustible que el alcohol. La temperatura interior de aquella snow-house era muy soportable, no penetrando en ella el viento, que arreciaba extraordinariamente.

—¡A la mesa! —exclamó el doctor con voz meliflua.
Y aquella cena, siempre la misma, poco variada, pero confortante, se hizo en común. Cuando hubo concluido, no se pensó más que en dormir, y se tendieron sobre la capa de nieve las telas de mackintosh, que preservaban de toda humedad. Se secaron a la llama de la cocina portátil las medias y las botas, y luego, tres de los viajeros, envueltos en sus mantas de lana, durmieron sucesivamente bajo la custodia del cuarto, el cual velaba por la seguridad de todos y para impedir que la abertura de la casa se cerrase; pues no habiendo cuidado, era fácil quedarse enterrados vivos.
Duck participaba del aposento común, pero sus congéneres groenlandeses se quedaron fuera, y después de cenar como todos los hijos de vecino, se agazaparon bajo la nieve, que se convirtió muy pronto en una cubierta impermeable.