Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras La fatiga de aquel dÃa no tardó en traer un buen sueño. El doctor despertó a las tres de la mañana. El huracán se habÃa desencadenado durante la noche. ¡Extraña situación la de aquellos individuos aislados, perdidos en la nieve, sepultados en una tumba cuyas paredes engrosaban las ráfagas!
Al dÃa siguiente, a las seis de la mañana, se volvió a emprender la monótona marcha. ¡Siempre los mismos valles, los mismos icebergs, una uniformidad que volvÃa difÃcil la elección de puntos de referencia! Sin embargo, la temperatura, bajando algunos grados, volvió más rápido el paso de los viajeros, porque heló las capas de nieve. Se encontraban con frecuencia cerrillos que parecÃan cairns o viviendas de esquimales, y el doctor, para tranquilidad de su conciencia, hizo demoler uno, en el cual no encontró más que un témpano de hielo.
—¿Qué esperabais, Clawbonny? —Le decÃa Hatteras—. ¿No somos acaso nosotros los primeros hombres que han puesto el pie en esta parte del Globo?
—Es lo probable —respondió el doctor—. Pero, en fin, ¿quién sabe?
—No perdáis el tiempo en vanas investigaciones —repuso el capitán—; tengo prisa en volver a mi bergantÃn, aunque llegue a faltarnos este combustible tan deseado.