Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Volvióse a emprender el camino hacia el Sudeste, y llegada la noche los viajeros se detuvieron, después de haber andado un espacio de 25 millas. Estaban molidos, lo que no impidió al doctor encaramarse por una montaña de hielo mientras se construía la casa.
La Luna, casi llena aún, brillaba con un resplandor extraordinario en el cielo puro. Las estrellas despedían rayos de una intensidad sorprendente, y desde la cúspide del iceberg, la vista se extendía por una inmensa llanura, erizada de torres de extrañas formas. Al verlas dispersas, resplandeciendo bajo la Luna, cortando sus limpios perfiles entre las sombras circundantes, semejantes a columnas erguidas, a pirámides vueltas algunas de ellas al revés, a losas funerarias, se creería contemplando un vasto cementerio sin árboles, triste, silencioso, infinito, en el cual veinte generaciones del mundo entero se hubieran echado cómodamente para dormir el sueño eterno.

A pesar del frío y la fatiga, el doctor se abismó en una larga contemplación, de la que a sus compañeros costó un poco sacarle. Pero era preciso descansar, y la casa de nieve estaba preparada. Los cuatro viajeros se acurrucaron en ella como topos y no tardaron en dormirse.