Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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El doctor pisó con satisfacción aquel terreno sólido. Ya no tenían los viajeros que andar más que 100 millas para alcanzar el cabo Belcher; pero sus fatigas iban a multiplicarse considerablemente en aquel suelo atormentado, sembrado de rocas agudas, de prominencias peligrosas, de grietas y precipicios, siendo preciso penetrar en el interior de las tierras y ganar los altos acantilados de la costa, por entre gargantas estrechas, en las que las nieves acumuladas formaban ventisqueros que tenían de 30 a 40 pies de altura.

Muy pronto echaron de menos los viajeros el camino casi unido, casi fácil, de los icefields, que tanto se prestan al arrastre del trineo. Ahora era preciso tirar con fuerza. Los perros, derrengados, no eran ya suficientes, y los hombres, obligados a ayudarles, se rendían de fatiga. Algunas veces fue necesario descargar enteramente las provisiones para pasar cerros sumamente enhiestos, cuyas superficies heladas no dejaban asidero en que agarrarse. El paso de trayectos que no excedían de 10 pies, requirió horas enteras, y así es que en la primera jornada se ganaron cinco millas en aquella tierra de Cornualles muy digna seguramente de su nombre, porque presentaba las asperezas, las puntas agudas, las crestas afiladas y las rocas convulsionadas de la extremidad sudoeste de Inglaterra.


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