Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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Al día siguiente, el trineo alcanzó la parte superior de los acantilados. Los viajeros, en el estado de extenuación en que se hallaban, no pudieron construir su casa de nieve, tuvieron que pasar la noche bajo la tienda, envueltos en pieles de búfalo, y tuvieron que aplicar, contra su propio pecho, las medias mojadas para calentarlas. Se comprenden las consecuencias inevitables de semejante higiene. El termómetro, en aquella noche, descendió más abajo de los 44° (—42° centígrados) y se heló el mercurio.

La salud de Simpson se alteraba de una manera que inspiraba serias inquietudes. Una fluxión tenaz, reumatismos violentos, dolores intolerables, le obligaban a permanecer echado en el trineo, que no podía ya guiar. Le remplazó Bell, que también sufría, pero sus padecimientos no le obligaban a estar echado. El doctor experimentaba también la influencia de aquella excursión en un invierno terrible; pero no se escapaba de su pecho ni una sola queja, y seguía adelante, apoyado en un palo, y despejaba el camino, y ayudaba para todo. Hatteras, impasible, impenetrable, insensible, sano como el primer día, con su constitución de hierro, seguía silenciosamente al trineo.




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