Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras El 20 de enero, la temperatura fue tan ruda, que el menor esfuerzo producÃa inmediatamente una postración completa. Llegaron a ser tan grandes las dificultades del terreno, que el doctor, Hatteras y Bell se pusieron junto a los perros para ayudarles a tirar, y habiendo roto inesperados choques la parte delantera del trineo, fue menester detenerse para componerlo. Estas causas de retraso se reproducÃan diariamente muchas veces.
Los viajeros seguÃan una profunda barranca, hundidos en la nieve hasta la mitad del cuerpo, y sudando, no obstante la violencia del frÃo. No decÃan una palabra. De repente, Bell, que se hallaba junto al doctor, lo miró sobresaltado, y luego, sin encomendarse a Dios ni al diablo, como suele decirse, cogió un puñado de nieve y empezó a restregar con fuerza la cara de su compañero.
—¿Qué hacéis, Bell? —Preguntaba el doctor, atónito.
Pero Bell continuaba frotando a más no poder.

—Vamos, Bell —repuso el doctor, con la boca, la nariz y los ojos llenos de nieve—, ¿os habéis vuelto loco? ¿Qué sucede?
—Lo que sucede es —respondió Bell— que si sois aún propietario de una nariz, me lo debéis a mÃ.
—¡Una nariz! —replicó el doctor, llevándose la mano a la cara.