Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —¡SÃ, señor Clawbonny! Estabais completamente frost-bitten. Cuando os he mirado, tenÃais la nariz completamente blanca, y sin mi enérgico tratamiento carecerÃais de este ornamento, incómodo para un viaje, pero muy útil en las circunstancias ordinarias de la vida.
En efecto, a poco más el doctor se quedó con la nariz helada; pero afortunadamente se restableció a tiempo —gracias a las vigorosas fricciones de Bell— la circulación de la sangre, y desapareció todo peligro.
—¡Gracias, Bell! —dijo el doctor—. Haré con vos otro tanto si la ocasión lo requiere.
—Cuento con ello, señor Clawbonny —respondió el carpintero—, y ojalá no tuviésemos nunca que tener mayores desgracias.
—¡Ay, Bell! —repuso el doctor—, aludÃs, sin duda, a Simpson. El pobre mozo es vÃctima de terribles dolores.
—¿Teméis por su vida? —preguntó al momento Hatteras.
—SÃ, capitán —respondió el doctor.
—¿Y qué teméis?
—Un violento ataque de escorbuto. Sus piernas se hinchan y sus encÃas se entumecen. El desgraciado está allÃ, echado bajo las mantas del trineo, y a cada instante los choques exasperan sus dolores. Le compadezco, Hatteras, y nada puedo hacer para aliviarle.
—¡Pobre Simpson! —murmuró Bell.