Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —SerÃa tal vez conveniente —repuso el doctor— detenernos uno o dos dÃas.
—¡Detenernos! —exclamó Hatteras—. ¡Detenernos, cuando la vida de dieciocho hombres depende de nuestro regreso!
—Sin embargo… —dijo el doctor.
—¡Clawbonny, Bell, oÃdme! —repitió Hatteras—. ¡Apenas nos quedan vÃveres para veinte dÃas! Ya veis que no podemos perder un instante.
Ni el doctor, ni Bell, respondieron una sola palabra, y el trineo volvió a emprender su marcha momentáneamente interrumpida.
Al anochecer, la expedición se detuvo al pie de un montecillo de hielo donde Bell practicó al punto una caverna en que se metieron los viajeros. El doctor pasó la noche cuidando a Simpson, en quien el escorbuto ejercÃa ya sus espantosos estragos, y los sufrimientos ponÃan en sus labios entumecidos una queja continua.
—¡Ah! ¡Señor Clawbonny!
—¡Valor, amigo mÃo! —DecÃa el doctor.
—¡Ya no hay salvación para mÃ! ¡Lo conozco! ¡No puedo más! ¡Prefiero morirme!