Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras A estas palabras desesperadas, el doctor respondía redoblando su celo. Aunque él estaba también quebrantado por las fatigas del día, empleaba la noche en componer alguna pócima calmante para el enfermo, pero ya el zumo de limón no producía efecto, y las fricciones no impedían al escorbuto ir poco a poco ganando terreno.

Al día siguiente fue preciso colocar de nuevo al desgraciado en el trineo, aunque él pedía quedarse solo, abandonado, y que se le dejase morir en paz. Después se volvió a emprender aquella espantosa peregrinación en medio de dificultades incesantemente acumuladas.
Las brumas heladas penetraban a aquellos tres hombres hasta los huesos. La nieve y el granizo les azotaba el rostro, y ellos hacían el oficio de bestias de carga, sin tener siquiera la alimentación suficiente.
Duck, cortado sobre el mismo patrón que su amo, iba y venía, desafiando las fatigas, siempre alerta, y descubría por instinto el mejor camino que podía seguirse. Todos se confiaban a su sagacidad maravillosa.