Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Hatteras no se acercaba al moribundo. Evitaba su presencia, huÃa de él, más taciturno, más conmovido, más concentrado en sà mismo que nunca.
La noche siguiente fue espantosa. La tempestad redoblaba su violencia. Tres veces el huracán arrancó la tienda, y el drift de nieve envolvió a aquellos desgraciados, cegándoles, helándoles, hiriéndoles con dardos agudos arrancados a los témpanos circundantes. Los perros aullaban, quejumbrosos. Simpson permanecÃa expuesto a aquella cruel temperatura. Bell llegó a reponer el miserable abrigo de tela que, si bien no defendÃa a los viajeros del frÃo, les protegÃa contra la nieve. Pero una ráfaga lo arrebató por cuarta vez, y lo arrastró en su torbellino en medio de silbidos espantosos.
—¡Ah, es ya demasiado sufrir! —exclamó Bell.
—¡Valor…, valor! —respondió el doctor, asiéndose a él para no ser arrastrado a los abismos.
Simpson estaba con el estertor. De repente, haciendo un último esfuerzo, medio se incorporó, tendió hacia Hatteras, que le miraba fijamente, sus puños crispados, lanzó un grito desgarrador y cayó muerto en medio de su amenaza.
—¡Muerto! —exclamó el doctor.
—¡Muerto! —replicó Bell.

Hatteras, que se aproximaba al cadáver, retrocedió ante la violencia del viento.