Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Y la verdad es que su camarote, que era una concha en que debÃa permanecer mucho tiempo, iba tomando muy buen aspecto. El doctor se daba un placer de sabio o de niño, poniendo en orden su bagaje cientÃfico. Sus libros, sus herbarios, sus papeleras, sus instrumentos de precisión, sus aparatos de fÃsica, su colección de termómetros, barómetros, higrómetros y udómetros, lentes, compases, sextantes, cartas, planos, redomas, polvos, frascos de su muy completa farmacia de viaje; todo estaba clasificado con un orden capaz de avergonzar al «British Museum».
Aquel espacio de seis pies cuadrados contenÃa incalculables riquezas. El doctor no tenÃa que hacer más que tender la mano sin moverse para convertirse instantáneamente en un médico, en un matemático, en un astrónomo, en un geógrafo, en un botánico, o en un conquiliólogo.

Esa buena disposición le llenaba de orgullo, y se sentÃa feliz en su santuario flotante, que hubieran bastado a llenar tres de sus más desmirriados amigos. Éstos afluyeron muy pronto con una abundancia que llegó a ser incómoda hasta para un hombre tan expansivo como el doctor, el cual concluyó por decir, como Sócrates:
—¡Pequeña es mi casa, pero quiera el cielo que no se llene nunca de amigos!