Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Del Forward, de aquel buque construido con tanto esmero, de aquel bergantín tan querido, no quedaba ya nada. Témpanos removidos, restos informes, ennegrecidos, calcinados, barras de hierro retorcidas, pedazos de cable que ardían aún como mechas de artillería, y a lo lejos, algunas espirales de humo arrastrándose sobre el campo de hielo, atestiguaban la violencia de la explosión. El cañón del alcázar o castillo de proa, echado a la distancia de algunas toesas, estaba tendido a lo largo sobre un témpano como sobre una cureña. El piso estaba sembrado de fragmentos de todo género en un radio de cien toesas: la quilla del bergantín yacía sobre un montón de hielo, y los icebergs, derretidos en parte por el calor del incendio, ya habían recobrado su dureza de granito.
El doctor pensó entonces en su gabinete devastado, en sus colecciones perdidas, en sus instrumentos hechos pedazos, en sus libros quemados, reducidos a cenizas. ¡Tantas riquezas, irreemplazables en su mayor parte, destruidas! Contemplaba con los ojos húmedos aquel inmenso desastre, pensando, no ya en el porvenir, sino en la irreparable desgracia que tan directamente le afectaba.
Muy pronto acudió Johnson a su lado. El semblante del viejo marino llevaba impresas las huellas de sus últimos padecimientos. Sin duda había tenido que luchar contra sus compañeros rebeldes para defender el buque confiado a su cuidado.