Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras El doctor le tendió una mano que el contramaestre apretó tristemente.

—¿Qué va a ser de nosotros, amigo mÃo? —dijo el doctor.
—¿Quién es capaz de adivinarlo? —respondió Johnson.
—¡Sobre todo —repuso el doctor—, no nos entreguemos a la desesperación, y seamos hombres!
—SÃ, señor Clawbonny —respondió el viejo marino—, tenéis razón; en el mundo de los grandes desastres deben tomarse las grandes resoluciones; nos hallamos en un atolladero; pensemos en salir de él a fuerza de perseverancia.
—¡Pobre buque! —dijo suspirando el doctor—. Yo le habÃa tomado cariño, lo amaba como se ama el hogar doméstico, como la casa en que se ha pasado toda la vida, y no queda de él un pedazo del cual se sepa lo que ha sido.
—¡Quién dirÃa, señor Clawbonny, que este conjunto de vigas y de tablas habÃa echado raÃces en nuestro corazón!
—¿Y la lancha? —preguntó el doctor, buscándola en torno suyo con ávidas miradas—. ¿No se ha podido librar tampoco de la destrucción?
—SÃ, señor Clawbonny. Shandon y los demás que nos han abandonado la llevaron consigo.